El Síndrome del Turista

Una enfermedad silenciosa que todos padecimos alguna vez

Hace ya un par de años que tomé la decisión de no vacacionar más en el mismo lugar de siempre y cada verano salgo a las rutas argentinas a conocer los impresionantes paisajes que nos ofrece nuestro país. En mi aventura de cabotaje ya he visitado ciudades como Calafate, Salta, Mendoza y Misiones, para nombrar coordenadas de los 4 puntos cardinales. La cuestión es que en estos viajes, además de conocer, tuve la posibilidad de estudiar el comportamiento humano en los centros turísticos y he notado ciertas características que se repiten sistemáticamente en cada una de las ciudades que he visitado.


Para empezar, debo mencionar que la vida en vacaciones es completamente distinta a la vida diaria, aunque no por ello menos estresante. Sucede que desde el comienzo de la época vacacional, el cuerpo se encuentra sometido a una especie de estrés físico proveniente de tener que acostumbrarse a distintos climas, horarios y alimentación al que se le suma el estrés mental que implica el ajetreo de tener que llegar a horario en aeropuertos, terminales de ómnibus o tren, hoteles, agencias de viajes y excursiones. Es aquí cuando se produce un desequilibrio emocional que lleva a la aparición de lo que he denominado el Síndrome del Turista (SDT). Este trastorno tiene variadas formas de comportamiento pero su característica principal es la completa sobrevaloración de la persona, o como lo definiría Sigmund Freud, un superyó recalcitrante. Quienes padecen SDT consideran que ellos son distintos y que pueden ignorar y hasta reinterpretar las recomendaciones que les pueda haber impartido cualquier autoridad de los lugares que visitan. Ellos piensan que pueden alimentar a los animales que les prohibieron por el simple hecho de que ellos, le darán comida saludable y no la comida chatarra a la que el animalito no está acostumbrado. Una persona con SDT puede entrar a cualquier parque nacional y fumar en pipa al lado del cartel con el cigarrillo tachado, y se verá contrariado si el guardaparque se lo reprocha ya que en cartel no hay ninguna pipa tachada.


A este superyó recalcitrante se le deben sumar las "lagunas de discernimiento", situaciones en las que el enfermo se ve imposibilitado de tomar decisiones acertadas de acuerdo a su entorno físico y contexto cultural; ya sea asomar la cabeza por la ventanilla de un auto en movimiento con un sombrero puesto o la tan sufrida por turistas extranjeros que tienen la suerte de elegir siempre a un punguista para que les saque una foto en el obelisco.
Podría decirse que una de las causas que favorecen el desarrollo del SDT es la completa predisposición, amabilidad y hospitalidad que uno encuentra en estos centros turísticos, cuyos habitantes saben bien que del buen trato brindado al visitante depende su futuro económico. Es así que quienes padecen SDT consideran que absolutamente todos los "locales" están ahí para ayudarlo, sea cual fuese el favor que esté necesitando, tanto para brindarles cualquier información sobre cualquier lugar como también para pretender que en el Parque Nacional de las Cataratas, haya un buzo especializado que se arroje al río Iguazú a recoger las llaves del auto que se le cayeron en las pasarelas.


Sin embargo, también existe un factor económico a la hora de desarrollar el SDT. El turista, apenas emprende sus vacaciones, ya ha pagado o lo hará en cuotas, todos los servicios que necesitará. Es por ello que su cerebro entra en el modo "relación precio-calidad" por lo que siente pleno derecho de exigir ciertos niveles de contraprestación por los servicios pagados. De manera que si viaja al destino en avión pretenderá que le sirvan una suculenta comida sin importarle que el vuelo sea de media hora, o pretenderá que haya wi fi en el Perito Moreno para poder mandarle por whatsapp a sus amigos la foto tomando un whisky con hielito del glaciar. No importa el lugar donde se encuentre ni la situación, el turista con SDT ha viajado muchos kilómetros hacia su destino y hará lo que fue a hacer sí o sí. Si viajó a Puerto Madryn para ver a las ballenas, su superyó recalcitrante aflorará y se ahogará en su laguna de discernimiento, culpando al guía de que las ballenas no salten cerca del barco para poder sacarles una foto, luego de haber intentado sobornarlo económicamente para que eso suceda.


Por suerte, este desequilibrio emocional tiene un fin tan marcado como su comienzo ya que la realidad nos imposibilita vivir de vacaciones. El SDT va desapareciendo en aeropuertos, terminales de ómnibus y trenes, lobbys de hoteles y estaciones de servicio hasta llegar al punto de partida, el hogar. Allí, los remanentes quedan olvidados en valijas, souvenires y fotos, permaneciendo en un letargo que se reactivará en el próximo viaje. Hasta ese entonces, se comportará como una persona normal.


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